Con Misha en La Habana

José Alejandro Rodríguez
pepe@juventudrebelde.cu

Mientras la nieve despeina a Pushkin en una plaza de Moscú, en La Habana se descongela el cariño entre dos pueblos predestinados a quererse, por encima de todo; hasta de un cisma. El corazón es tozudo, aunque las matrioshkas no bailen guaguancó, ni las jutías congas digieran el pan negro.

Rusia es invitada especial a la Feria Internacional del Libro de La Habana. A decir verdad, nunca se fue de nuestro traspatio sentimental, a pesar de todo lo que sucedió, y de que algunos esgrimieran la lápida. Más bien estos días de abrazos entre páginas, filmes, fuetés y acrobacias, realzan lo que está incrustado en la memoria afectiva de dos culturas tan diversas y convergentes a la vez.

El cubano nunca olvidará a ese país inmenso, que al final expirara de sus propios errores y miopías luego de una proeza histórica impar liderada por el gigante Lenin. Fue la URSS quien nos abrió el pecho, con un rudo abrazo de oso siberiano, cuando nos quedamos solos ante la sutil águila imperial.

Cuba erigió la nueva vida gracias a miles de técnicos soviéticos que compartieron nuestra suerte con su inteligencia y destreza, aunque también revendieran en los barrios las baratijas que adquirían en los mercados especiales que tenían aquí. Generaciones crecimos con la famosa «tubería» de recursos desde el Báltico: una especie de cornucopia que sostenía nuestra economía y hasta la mesa, a cualquier costo. Un defecto del cual vivimos también.

No hay rincón de esta Isla donde no dejaran una huella. De Moscú a La Habana y de La Habana a Moscú miles de cubanos entrenaron su talento y forjaron su futuro en cualquier disciplina. Nos abrieron también las arcas de su sabiduría.

De ellos, siempre me impresionó la acendrada espiritualidad que subyacía bajo cierta cáscara de rudeza, esa rudeza que les permitió vencer tantas pruebas, objeto de burlas en afectados salones de Occidente. Al final, debajo de esa cáscara hay una tronante melancolía que estalla en veladas y fiestas, cuando, pasados de vodka y de nostalgias, entonan lánguidas y viejas baladas con los ojos humedecidos: el alma rusa.

Solo con esa alma cruenta y tierna a la vez, salvaron a la humanidad del fascismo y entregaron 20 millones de vidas también por el socialismo: un socialismo que, plagado de imposiciones y voluntarismos, no supo cuidarse ni revisarse, ante enemigos tan poderosos que lo estaban midiendo minuto a minuto.

Crecimos con el alma rusa en la épica de Tolstoi, los intersticios sicológicos de Dostoievski, y la mordacidad contra los mediocres de Chéjov; más tarde, bastante tarde, descubrimos a Bulgákov. Tchaikovsky y Prokofiev entonaron plenitudes eternas, como Shostakovich, quien compuso su Sinfonía Leningrado, un tributo a la paz, bajo el asedio de los nazis sobre esa ciudad. Eisenstein sigue atrapando con su lente eterna el cochecito que desciende por la escalinata, como una metáfora de la Historia humana. Todos ellos nos acompañan en la Feria del Libro, junto a sabios e insignes científicos y artistas. Junto a sus héroes.

Ya la historia no se puede cambiar, y lo que pasó, pasó. Pero por ahí andan Los hombres de Pánfilov, Así se forjó el acero, La carretera de Volokolamsk… aquellos libros que, más allá de sus cuestionables valores literarios, iban en las mochilas de nuestros milicianos e inflamaban su coraje. Por ahí están todavía los autos Lada, que tanto han servido al cubano, los longevos ventiladores Órbita y las lavadoras Aurika; los camiones Kamaz y tantos artefactos inmensos y sobredimensionados, pero fieles y perdurables como los rusos. Cuántos cubanos allá, cuántos rusos aquí fraguaron familias. Cuánto samovar o matrioshka muy cerca de Changó.

Aun con la caída estrepitosa del esfuerzo de más de 70 años, ese pueblo ruso sigue dando lecciones: ahí está esa experiencia revertida, para ilustrarnos de los errores que no puede cometer el socialismo, entre tantos acechos.

Uno de aquellos días finales, y de visita en Moscú, alerté desde una crónica, ante cierto destape pronorteamericano: «Oh Puskin, el pato Donald camina por Moscú…». Dos décadas después, y en un mundo mucho más estandarizado, constato en La Habana que el alma rusa es muy fuerte. No sé, tengo el presagio de que el osito Misha anda aún por las calles de Moscú…

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