De Honduras a los EEUU atravesando México: «Sin nombre»

Antes de su participación en la sección Horizontes del Donostia Zinemaldia, «Sin nombre» ya había ganado en el Festival de Sundance los premios de Mejor Dirección (para el debutante Cary Joji Fukunaga) y de Mejor Fotografía (para el brasileño Adriano Goldman). El premio a la mejor dirección se iba a repetir otra vez más en el Festival de Edimburgo.

Mikel INSAUSTI

Acabo de leer la noticia de que Cary Joji Fukunaga debutará en el cine comercial con una nueva adaptación del clásico de Charlotte Brontë «Jane Eyre». Es algo que me desconcierta, porque apenas acaba de revelarse dentro del cine independiente con su ópera prima, nacida de un proyecto muy personal al que ha dedicado los últimos cinco años.

Tanto esfuerzo en el terreno de la investigación para realizar «Sin nombre», una película de temática social que requiere una implicación a todos los niveles, debería tener continuidad, o por lo menos reflejarse de alguna manera en sus siguientes trabajos para no caer en saco roto.

Pero la industria está montada así y a nada que a los jóvenes valores se les presenta la oportunidad de acomodarse lo hacen, aunque procedan en origen del cine más combativo. Muchas veces se piensa que los premios sirven de estímulo, pero por lo general son un reclamo para los productores que buscan nuevos talentos, a los que no tardan en domesticar.

En Sundance fueron demasiadas las miradas que se fijaron en este prometedor cineasta norteamericano de ascendencia japonesa, que de momento no permanecerá ligado a la cultura latinoamericana que le trajo con su película hasta el Donostia Zinemaldia, dentro de la sección Horizontes.

El interés de Cary Joji Fukunaga por la comunidad latina se debe a que creció en Oakland en contacto con puertorriqueños, mexicanos, salvadoreños y hondureños. Él mismo reconoce que los «anglos» tienden a no distinguir unos de otros, por lo que meten a todos ellos en un único grupo étnico.

La respuesta pasa por la integración en las bandas callejeras, en cuyo seno los jóvenes inmigrantes buscan reafirmar su nacionalismo a falta de otras raíces, lo que deriva en expresiones violentas como las de las maras centroamericanas. Este tipo de pandillas delictivas han llegado hasta las calles de Los Ángeles procedentes de Honduras o El Salvador y, de hecho, proliferan a lo largo de toda la ruta de la inmigración que va desde sus países a los Estados Unidos atravesando México.

Cary Joji Fukunaga se dio a conocer con su premiado cortometraje «Victoria para Chino», sobre un grupo de inmigrantes que murieron asfixiados en el interior de un camión abandonado en Victoria (Texas). El corto tuvo mucho éxito en Sundance, donde le ofrecieron al realizador la posibilidad de participar en su laboratorio de guiones. Aprovechó la documentación que ya tenía para completar un primer borrador del futuro largometraje, pero una vez que el proyecto tuvo luz verde decidió viajar con los inmigrantes para tener información de primera mano.

Antes de escribir el guión definitivo ya había estado en Veracruz, en Chiapas y en Tapachula. Sabía que debía viajar más al sur, con tal de superar la tan limitada idea existente sobre la inmigración entre México y los Estados Unidos, cuando los verdaderos dramas ocurren más abajo en el mapa, al cruzar el río Suchiate, en la frontera que separa Guatemala del territorio mexicano.

El cineasta no se conformó con observar el tránsito hacia el norte, sino que vivió ese éxodo con sus protagonistas, subiéndose a los techos de los vagones de los trenes, pese a que pudo conocer los centros en que recogen a los que son víctimas de accidentes y se quedan en el camino.

Todo el esfuerzo previo al rodaje de «Sin nombre» mereció la pena, porque la película se nutre de la realidad de la inmigración de largo recorrido, la que va desde los países centroamericanos hasta los Estados Unidos. Cary Joji Fukunaga era sabedor de que podía aportar información novedosa, dado que en pocas ocasiones se ha conseguido mostrar en la pantalla semejante odisea.

No obstante, le falló a la hora de ponerse a filmar el punto de partida, pues pronto comprendió la imposibilidad de trasladar un equipo a Tegucigalpa. Los escenarios de la capital hondureña fueron sustituidos por los de la localidad mexicana de Nacaulpán, con una precaria arquitectura bastante similar. En Orizaba encontró la luz natural que precisaba, captada sin filtros por el director de fotografía brasileño Adriano Goldman, que ya había sido premiado anteriormente por lo bien que retrató su Sao Paulo natal en «El año en que mis padres se fueron de vacaciones».

Lo que Cary Joji Fukunaga ha comprobado en sus visitas a México es que la realidad de la inmigración siempre resulta diferente a lo que reflejan las películas, incluso aquellas de vocación más documental. Y así descubrió que ese tópico de que los inmigrantes buscan la tierra prometida ya está completamente desfasado, pues son muy conscientes de las dificultades con las que se van a encontrar, y lo que les mueve es una mera cuestión de supervivencia.

Saben de sobra que nadie les va a regalar nada, pero el suelo medio en Honduras no alcanza para dar de comer a una familia, y de ahí que prefieran arriesgarse a ser explotados como mano de obra barata para poder mandar algún dinero a casa.

Tanto es así que se toman los padecimientos del trayecto como un mal necesario, como una carrera de obstáculos que pondrá a prueba el instinto de superación que ha de guiarles hasta su destino. Los atracos, los abusos por parte de las mafias, la inseguridad en los trenes, todo forma parte de una cotidianidad hecha de peligros que cada cual acepta desde el preciso momento en que decide hacer las maletas.

En «Sin nombre» hay además otras interesantes revelaciones, relacionadas con el racismo. Cuando se habla de xenofobia respecto a inmigrantes llegados a Estados Unidos de Sudamérica siempre se piensa en la figura del yanqui, pero Cary Joji Fukunaga quiere dejar patente que no es una mera cuestión de color de piel.

La película pone de manifiesto el maltrato de los mexicanos hacia los centroamericanos y todos aquellos que entren por la frontera con el Sur. La actriz Paulina Gaitán es la que ha tenido que vivir este proceso en primera persona, debido a la necesidad de meterse en el interior de una inmigrante hondureña siendo mexicana. A su vez, le ha venido muy bien para interactuar con el hondureño Édgar Flores, sin experiencia interpretativa en el cine y que ha participado en la primera miniserie televisiva de su país.

El personaje de Edgar Flores es el de un miembro de la Mara Salvatrucha 13, una pandilla callejera que asalta a los inmigrantes en los trenes de la estación de Tapachula quitándoles lo poco que tienen, que es lo justo para el viaje.

Se siente herido por la obediencia que debe a su jefe, una sumisión que, en su caso, implica la pérdida de la chica a la que ama y, en su total desesperación, es capaz de cualquier cosa, hasta de ayudar a la joven protagonista, interpretada por Paulina Gaitán, en su aventura hacia el Norte. Y utilizo el término «aventura», porque «Sin nombre» no deja de ser un western dibujado sobre el tendido del ferrocarril, si bien con los perfiles épicos de una actualizada tragedia griega.

Las maras vistas por Christian Poveda

Hoy también se estrena, aunque de forma más restringida por tratarse de un documental, otra película sobre las maras. Por fin llega a algunas salas «La vida loca» y lo hace un año después de su presentación oficial en el Donostia Zinemaldia, habida cuenta de la triste noticia del reciente fallecimiento de su autor, Christian Poveda. El comprometido fotógrafo, hijo de exiliados republicanos nacido en Argelia, había convivido con las maras salvadoreñas para reflejar su realidad desde dentro. El enorme riesgo asumido de cara a este reportaje acabó costándole la vida a primeros del pasado mes.

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