Pino Solanas: “Si se incendiara esta parte de la ciudad, no dudaría en filmarlo”

Crítica de la Argentina logró algo infrecuente: que el diputado nacional electo analizara el tipo de cine que hace y diera forma a su megaproyecto, que ya lleva seis películas, y piensa llamar Crónicas argentinas. Independencia, ficción, documental, historia y política vistas a través de una cámara lúcida.

Bruno Bimbi, desde Río de Janeiro

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Recurso humano. “Lo más interesante de estas películas son cien personajes anónimos, testimonio vivo del gran recurso argentino”, dice Fernando “Pino” Solanas.

Toda entrevista tiene sus anécdotas —aquí sería más apropiado decir backstage—, que por lo general el lector no llega a conocer, ni falta que hace. Pero a veces puede ser divertido contarlas. Ésta arrancaba con una dificultad: conseguir que el diputado nacional electo Pino Solanas, que desde hace meses sólo habla de política, dedicara un reportaje al cine. La ocasión era propicia: el director había viajado a la Ciudad Maravillosa para presidir el jurado del Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro y presentar su película La próxima estación.

Pero el reportaje, agendado con varios días de anticipación, fue suspendido a último momento. Luego, gracias a las gestiones del equipo de prensa del festival, hubo una nueva cita, pero con dos condiciones: que fuera en su hotel, frente a la playa del Leme, y que el cronista llegara puntual. Pero el entrevistado tardó tanto en bajar de la habitación que, cuando llegó, ya casi se tenía que ir. Estaba apurado y durante los primeros minutos lo atacaban los llamados telefónicos.

Al final la entrevista se encaminó. Al punto que, cerca del final, Pino pidió al cronista que lo acompañara en el camino para aprovechar los últimos minutos y, cerrando el backstage con el mejor de sus clichés, abrió una puerta que resultó ser un baño, hizo pasar al cronista y, mientras respondía a la última pregunta, se puso a regar.

–Hace un tiempo que sus películas son siempre documentales. ¿No piensa retornar a la ficción?

–Yo digo que es cine de fusión, y eso lo he comprobado aquí en Brasil, que tiene un gran desarrollo de un género que no es abiertamente ficción. Hoy es muy difícil distinguir entre una novela y un ensayo. Después del Ulises de Joyce, ¿qué es una novela? ¿Y qué es una película? Las nuevas tecnologías y las cámaras ligeras han democratizado el cine: cualquiera puede hacer una película sin la presión de tener un gran presupuesto, un equipo, horas extras y toda esa maquinaria que te hace prisionero, y esto le ha dado al cine una mayor libertad de búsqueda estética.

Yo adoro trabajar con equipos pequeños, que te permiten que, con cinco personas, puedas hacer un largometraje en el que todo se mezcla: por momentos son cartas, por momentos testimonios, pero los testimonios en general están recreados, hay una voz en off que acompaña el deambular del personaje, incorporás una escena, un material de archivo, recuerdos, fotografías. Es cine independiente de creación libre y de fusión de lenguajes.

–Sus últimas películas componen una serie. ¿Piensa ponerle un nombre al conjunto?

–Seguramente el nombre final de la serie sea Crónicas argentinas. Ahora empiezo a hacer el montaje de Oro negro, que es la segunda parte de Tierra sublevada. Y a lo mejor viene una película más. Las anteriores eran sobre los recursos del subsuelo, que producen una gran contaminación. La explotación de los recursos naturales de manera salvaje y con el único fin de hacer renta lo más rápido posible, es una maquinaria depredadora, sobre todo en países como el nuestro, donde el Estado se destruyó y no controla nada. Si los ciudadanos viven en el desamparo, imaginate los peces.

Podés tirar 200 millones de litros de glifosato por año y es como si rociaras con perfume o echaras Off en la pieza. Se vive en una enorme ignorancia que es funcional a la depredación y el saqueo. Para completar la obra, quiero hacer una o dos películas más sobre otros dos grandes recursos de la tierra: el “oro verde”, que son los recursos agrícolas, y el “oro azul”, que son los recursos de esa enorme pampa sumergida que es el océano Atlántico. La depredación es colosal: para sacar una pepita o un langostino, matan una enormidad de peces. Es un desastre.

–¿Cómo nació el proyecto de hacer estas Crónicas argentinas?

–Son un fresco que empezó con las filmaciones que realicé en 2002. Nació de manera espontánea, porque siempre me gustó registrar los acontecimientos históricos, los que no se repiten. Si mañana se incendia esta parte de la ciudad, no dudaría en filmarlo. Si no tengo cámara, buscaría una, porque es irrepetible. Eso lo guardo en mi archivo y lo puedo utilizar mañana. Así he hecho muchas secuencias de mis películas, recuperando materiales extraordinarios que tenía guardados y terminé incorporándolos en una ficción. A ese incendio, si fuera el caso, podría incorporar a mis actores.

–El incendio, en este caso, fue la crisis argentina de estos años…

–Era la desnutrición, la hambruna, la crisis, y comencé a filmar en esos días, acompañando a la gente que gritaba “Que se vayan todos”. Yo tengo un hijo de 40 años, que en aquellos años tenía treinta y pico y no comprendía lo que nos había pasado. La nueva generación no comprende cómo uno de los mayores productores de alimentos del mundo puede tener hambre, miseria y estar endeudado.

Entonces empecé a filmar, retomando, después de varias décadas, esta concepción de cine-ensayo que investiga, filma y saca conclusiones, con un propósito analítico, esclarecedor, didáctico, como cualquier ensayo. Pero nunca lo separé del elemento humano. Lo más interesante de estas películas es el rescate de unos cien personajes anónimos que son un testimonio vivo del gran recurso argentino que es el recurso humano.

–¿Qué cuentan esos personajes?

–Cuentan sus historias y les duele el país en la carne, en el alma. Y cuentan su experiencia personal, que es muy fuerte. Estas películas son exposiciones analíticas que le descubren al espectador una realidad de la Argentina que no conoce y lo reconcilian con el país a través de esta sucesión de personajes que tienen una mirada muy lúcida, muy crítica, y que no han perdido la esperanza. A pesar de que muchos de ellos no tienen dientes, ¡qué bien piensan! A la vez, es el fresco de una nueva actitud frente al mundo, de la búsqueda de una nueva ética a partir de la cooperación y la solidaridad.

Todo eso no entraba en una sola película.

–Ya son seis…

–La primera fue Memorias del saqueo, que es apenas la explicación del pasado. Después vino la defensa de las víctimas, La dignidad de los nadies, que relata las pequeñas victorias de quienes dieron respuestas al hambre y a la desocupación. Le sigue Argentina latente, un homenaje al descubrimiento de nuestras potencialidades científicas: miles de profesores, investigadores, maestros y técnicos, trabajadores que en el anonimato defendieron sus obras como si fueran telas de pintura. Y la siguiente, La próxima estación, sobre los ferrocarriles.

Y luego vinieron las dos partes de Tierra sublevada: oro impuro, que ya estrenó, y Oro negro, que estoy montando. Todo eso es un fresco sobre la Argentina, que comienza con viajes y con mucho estudio, porque para hacer estas películas, lo primero que hacés es agarrar todo lo que hay sobre el tema, leerlo, y luego conversar con los 20 ó 30 tipos que saben del tema. Ese material es un tesoro y, una vez que lo tenés, hay que inventar la película, hacerla interesante.

–¿Pensó en hacer un documental sobre las políticas cinematográficas del país, desde la creación del Incaa?

–No, porque estoy alejado de ese tema. Yo vivo del cine, haciendo estas películas o dando cursos. Viajo a Europa, a Estados Unidos y participo de congresos porque me pagan, si no, no saldría de casa. Cada vez me cansa más hacer un viaje. Pero a esta altura de la vida, la principal lucha que uno tiene es por el tiempo, y el poco tiempo que me queda se lo dedico a la política.

Sin habérmelo propuesto, los acontecimientos me llevaron a ser emergente de un espacio, creamos una fuerza política en 2002, y eso no tiene retorno, porque el desencantado ciudadano argentino está cansado de traiciones, agachadas y promesas incumplidas. Las películas de las que hablamos componen una mirada que acompaña un proyecto de país y en este momento, si tuviera tiempo para hacer otras, haría las del “oro azul” y el “oro verde”, que completan la serie. Pero, por ahora, me contento con terminar el montaje de Oro negro, porque a partir de diciembre, empiezo mi tarea como diputado.

–Aprovechando su visita a Río, ¿qué destacaría del cine brasileño actual?

–Es un cine muy rico, que tiene muchas categorías. Brasil produce un cine como el de Fernando Meirelles, de gran espectáculo, a la americana, muy bien hecho; un cine de autor de muy buen nivel como el de Walter Salles; tiene directores como Luiz Fernando Carvalho, que también trabaja en la TV Globo e hizo ese film impresionante que es Lavoura arcaica, una de las mejores ficciones brasileñas de los últimos diez años. Pero también tiene documentalistas extraordinarios, como Eduardo Coutinho. En esta estadía presidí un jurado y puedo decir que durante el festival, me gustó mucho todo lo que vi.

–Aquí en Brasil es casi imposible ver cine argentino y, de la misma manera, hay extraordinarias películas brasileñas que no llegan a la Argentina. ¿Por qué es tan difícil esa integración cultural siendo vecinos?

–Se han inventado cosas que no funcionaron. Es lamentable. Tampoco hay complejos de salas públicas, ni en Brasil ni en la Argentina. La principal inversión que debería hacer el Incaa es un complejo de salas que funcionara realmente, con el mejor sonido y la mejor calidad. Es una vergüenza que se humille al cine argentino con la calidad de proyección del Tita Merello. Con el presupuesto que tiene el instituto, es absolutamente inadmisible.

–Petrobras invierte sumas millonarias para financiar el cine brasileño. ¿Qué pasa en la Argentina?

–¡La Argentina sigue regalando zonas de exploración y explotación petrolera! Petrobras se hizo a la imagen de YPF y hoy es la locomotora de la economía brasileña, que a su vez es la locomotora de la economía latinoamericana. Ésa es la diferencia.

Fuente: Crítica de la Argentina

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